Okilly Dokilly – 2016 – “Howdilly Doodilly”

rojy5wv

Las bandas que basan toda su propuesta en un chiste (en el sentido de comedia) son difíciles de analizar. ¿Hay que analizarlas igual que las bandas “serias”? ¿Hay que analizarlas desde el lado del chiste? ¿Se puede hablar de Anal Cunt como se puede hablar sobre Napalm Death? ¿Se puede hablar sobre Tenacious D de la misma manera que de Black Sabbath? ¿Uno puede gustarle la música y no el chiste y viceversa?

Esas preguntas se me vinieron a la mente cuando escuché por primera vez a Okilly Dokilly, una banda de metal cuyas canciones son homenajes a Ned Flanders, el icónico personaje de Los Simpson. Ya el simple hecho de tener semejante propuesta hizo que Okilly Dokilly tuviera bastante publicidad y la atención no sólo del mundo del heavy metal sino también de los fans de la serie, y mucho más de los que justo se cruzaran en un hipotético diagrama de Venn. Obviamente, cuando la banda anunció que iba a sacar su primer disco la expectativa fue grande. Sólo había un problema, uno mínimo pero que a mí me llamó la atención: todo el mundo hablaba sobre el chiste de Flanders, cómo salían vestidos al escenario, cómo definían a su estilo como “nedal” y cómo este último era “no tan rápido como el ‘bartcore’ y más limpio que el ‘krusty punk'”, pero nadie hablaba de verdad sobre la música.

Luego de prestarle varias escuchas a “Howdilly Doodilly”, el disco debut de la banda, ahora entiendo que la música no es el lado más fuerte de Okilly Dokilly, porque es terriblemente genérica. Aunque las canciones busquen variar entre el hard rock, el rock industrial, el metalcore y cosas acústicas pseudo indies, no logran destacarse en ninguno de esos ámbitos. No son todas malas: “Panic Room” logró sacarme una sonrisa con su riff a lo ZZ Top y raro estribillo súper country, pero esa es una canción entre las 13 que componen el disco. El estilo de Head Ned, cantante y guitarrista de la banda, no ayuda tampoco: los chillidos agudos me encantan en un contexto más cercano al black metal o al metalcore, pero acá suenan chocantes cuando son la voz principal de unas canciones que no llenan todos los espacios.  Es como tener a Phil Anselmo cantando en Weezer.

Pero la gente que vaya a escuchar “Howdilly Doodilly” por la música es un porcentaje muy chico, la mayoría va a hacerlo por el chiste de una banda haciendo referencias a Los Simpson. Y acá nos encontramos con el problema de que el chiste no es muy bueno: excepto en el cierre “All That Is Left” y su lírica referenciando el local de productos para zurdos de Flanders, el resto de las canciones se limitan a repetir una y otra vez la misma frase, con “Nothing At All” y su repetición de la frase “es como si no tuviera nada puesto” por poco más de dos minutos como ejemplo más bajo. ¿Cuál es la gracia de armar una banda para hacer un chiste si no tenés idea de cómo hacer un chiste?

De la misma manera que el término “flanderización” se usa para hablar del proceso por el que un personaje comienza a exagerar cualidades que antes eran sólo uno de tantos ingredientes de su personalidad hasta convertirse en una versión superficial de lo que antes eran (como terminó pasando con nuestro querido Flanders y sus ideas religiosas), Okilly Dokilly parece la flanderización de un fan de Los Simpson citando frases de la serie. Sin un contexto nuevo en el que ponerlas, lo único que hacés es admitir que esas frases existen, como una de esas películas a lo “Scary Movie” y derivados que se limitan a referenciar a las últimas películas del género sólo con cosas que uno ve en los trailers. Puede ser que la intención fuera buena, pero la ejecución está muy lejos de resultar en algo mínimamente satisfactorio.

Anuncios

Lacuna Coil – 2016 – Delirium

Durante la explosión del metal gótico de fines de los noventas, los milaneses Lacuna Coil aparecieron, junto a Novembre, no sólo como una de las puntas de lanza del estilo en Italia, sino también como una banda que podía traer un poco de aire fresco al estilo, al agregar voces limpias masculinas a la dualidad de voces melódicas femeninas y voces podridas masculinas que se había vuelto una característica principal del estilo. Nada súper revolucionario, pero algo que se podía apreciar en un estilo que comenzaba a tomar lo que lo había convertido en algo interesante para volverlo un cliché.

Luego de dos álbumes más que interesantes como “In A Reverie” y “Unleashed Memories”, la banda se tomó cuatro años para sacar un nuevo trabajo. Durante esa espera, un cuarteto estadounidense proveniente de la ciudad de Little Rock, en el estado de Arkansas, editó su LP debut y popularizó una nueva manera de hacer música pesada con voces femeninas, más alejada de Paradise Lost y más cercana a Korn.

Ese cuarteto, claro está, era Evanescence. Siendo que “Fallen”, su disco debut, terminaría vendiendo millones de copias alrededor del mundo, no es de extrañar que muchas bandas decidieran subirse al vagón del éxito, y Lacuna Coil fueron uno de esos grupos. No fueron los únicos europeos en americanizar su sonido: In Flames lo hizo unos años antes con “Reroute To Remain”, y también lo haría Within Temptation con el tiempo.

Fue así que Lacuna Coil editaron “Comalies”, su disco más exitoso hasta ese momento y el que le abrió las puertas del mercado estadounidense a la banda italiana. Y aunque a la distancia sigue siendo un disco que se mantiene relativamente bien, terminó siendo el inicio de una tendencia en los álbumes de Lacuna Coil, que a partir de “Karmacode”, su siguiente álbum, nunca volvieron a ver ni de reojo su sonido tradicional sino que buscaron profundizar cada vez más su nuevo estilo.

“Delirium”, el octavo álbum de la banda, es un paso más en ese camino. Ya desde “House of Shame” tenemos la idea de lo que será casi todo el disco: intros tranquilas, riffs saltarines, contraste entre el ruido y la calma, líneas de bajo “kornescas”, las voces a veces gritadas a veces limpias de Andrea Ferro y la voz de Cristina Scabbia metida con calzador en el asunto. Hablando de Scabbia, la cantante es lo más destacable del disco, con sus melodías gélidas siempre aportando algunos puntos a la parquedad general, como en “My Demons”. Bueno, casi siempre: al principio de “You Love Me ‘Cause I Hate You” la tenemos sonando de la manera más nasal que uno se la pueda imaginar.

Dicho eso, hablamos de un álbum que no es malo en el sentido de causar una vergüenza ajena constante como el último de Dream Theater, sino que es malo en el sentido de ser aburrido, el peor tipo de mal álbum: casi no hay nada para rescatar porque todas las canciones suenan tan parecidas en estructura que se vuelven difíciles de distinguir si no fuera por la presencia de los títulos en casi todos los estribillos. Eso sí, los episodios de vergüenza ajena no están ausentes: el peor aparece en “Take Me Home”, la más Korn del disco, con una ronda infantil al principio y al final con la que Lacuna Coil parecen querer evocar “Silent Hill”, pero con la que terminan recordando a algún jueguito de celular de Jeff The Killer.

“Delirium” es un álbum que seguramente va a gustar a quien que le haya gustado los últimos álbumes de la banda, pero para el resto del mundo sólo es una colección de canciones en su mayor parte aburridas y repetitivas, y con riffs y el eventual solo que apenas logran dejar alguna melodía para tararear. Si te gusta el estilo y lo que hace ahora la banda, entonces bien por vos. Pero en mi caso, esto simplemente no es para mí.

Operation: Mindcrime – 2015 – The Key

No es casualidad que Geoff Tate haya decidido editar el debut de su nuevo grupo poco antes del nuevo disco de Queensrÿche, su anterior banda y con quienes viene protagonizando una polémica tras otra desde incluso antes de que lo echaran del grupo. Tampoco fue casualidad que hiciera lo mismo cuando formó su propio Queensrÿche y, mientras se decidía la propiedad del nombre, Tate anunciara la fecha del debut del grupo pocas horas después de que el otro Queensrÿche anunciara la salida de su primer disco con Todd LaTorre, el reemplazante de Tate.

Luego de que el Queensrÿche original ganara el juicio, Tate rebautizó a su grupo como Operation:Mindcrime por el clásico de Queensrÿche y el único disco de la banda del que Tate retuvo los derechos exclusivos. Ya pasadas las instancias judiciales, pero no así los resentimientos, y quince días antes de lo nuevo de Queenrÿche, tenemos el debut de O:M, titulado “The Key”.

Musicalmente hablando, y aunque el nombre del grupo sea el del disco emblema de la etapa clásica de su grupo anterior, O:M viene a ser una continuación del sonido de los últimos discos de Queensrÿche con Tate, donde el cantante tuvo una enorme influencia en direccionar a la banda a un hard rock de toques alternativos, con mucho medio tiempo y con un Tate más cercano a su voz más reposada. A su vez, “The Key” es el comienzo de una historia conceptual, que se contará a lo largo de tres discos que, según Tate, editará con seis meses entre uno y otro, y que relatará una historia de conspiraciones e Internet, algo que también recuerda a la historia de “Operation: Mindcrime”.

Dicho esto, “The Key” continua con este legado en otros dos puntos más: es tan aburrido e insufrible como esos últimos discos de Queensrÿche, y de nuevo podemos echarle (casi) toda la culpa a Tate. Porque no es que los músicos que acompañan a Tate les falte talento, ya que tenemos a un ex AC/DC y a otro ex Whitesnake y Pride & Glory, además de varios antiguos miembros de Queensrÿche y hasta al bajista Dave Ellefson de Megadeth, que tocó en una de las canciones. Estamos hablando de un grupo super sólido desde el punto de vista técnico.

Lamentablemente, el talento técnico de la banda se ve nivelado para abajo con la espantosa performance de Geoff Tate. Es increíble cómo un tipo que solía ser un cantante tan talentoso sea capaz de ponerle tan pocas ganas a una grabación. Pocas veces se puede escuchar alguno de los agudos que lo hicieron famoso, y cuando aparecen no se le acerca ni a los peores momentos de los discos clásicos de Queesrÿche. En su lugar, Tate decide ponerle más énfasis a una voz más calma, algo que no sería malo si no fuera porque por momentos sonara como un cantante de karaoke borracho que de verdad no quiere estar ahí pero al que sus amigos lo empujan a subirse al escenario. Su voz suena tan pobre y débil que los instrumentos deben bajar la afinación para que pueda mantener el paso. A eso se suma una producción pantanosa, que acumula instrumentos, efectos y voces narrativas pero sin la suficiente claridad como para que cualquiera de esos elementos pueda apreciarse por completo.

Los riffs son aburridos, casi nunca tratando de superar la mediocridad y buscando dejar de ser una simple base para los desconciertos vocales de Tate. Muchas veces parecen sobras de riffs de grupos onda Godsmack, intentando tapar la falta de variaciones con un sonido gordo y pesado pero incapaces de disimular las pocas ganas que hay en la composición.

Algún que otro momento puede llegar a destacarse, pero también hay demasiados que causan una vergüenza ajena que no se levanta con nada, como en “The Stranger”, donde Tate parece que intenta rapear encima de unos riffs que parecen salidos de alguna canción de Limp Bizkit, a lo que se suman las peores letras que Tate haya escrito en su vida.

Es muy triste tener que escribir estas palabras, porque hablamos de un tipo que le dio un toque distintivo a una de las bandas más importantes del heavy metal estadounidense de los ochentas. Pero es claro que ese Geoff Tate ya está muerto, y que ha sido reemplazado por el Geoff Tate que le tira mierda a sus ex compañeros de banda y ya parece no tener ninguna razón por la que seguir su carrera. De acá en más le deseo buena suena suerte, y que vuelva a encontrar “eso” que lo hizo tan fascinante en su momento.

In Flames – 2014 – Siren Charms

Dicen que lo más difícil no es llegar a la cima, sino mantenerse.

In Flames llegaron a esa cima como uno de los tres grandes, junto a Dark Tranquillity y At The Gates, de la escena del death metal melódico sueco, con discos clásicos como “The Jester Race” y “Whoracle” dándole forma a ese híbrido de voces podridas con riffs de pura cepa maidenesca, sentando las bases sobre la que escenas como la del metalcore melódico se formarían una década después.

A principios de la década pasada los oriundos de Gotemburgo decidieron reencaminar su carrera en pos de mantenerse en esa cima. En la época cuando bandas como Linkin Park y Korn vendían millones, In Flames redirigieron sus pasos hacia el público estadounidense, y fue así que editaron “Reroute To Remain” en 2002, un disco que ya desde el titulo (“Reencaminarse Para Permanecer”) anunciaba que el death metal melódico había quedado atrás. Con estructuras simplificadas, riffs más simples, mayor uso de voces melódicas y letras acordes a los tópicos predominantes de la época, el grupo logró entrar al mercado estadounidense (llegaron al puesto 13 del ranking Billboard de álbumes independientes) con un disco sólido y hitero, pero que tenía la contra de comprometer la identidad que el grupo había forjado desde principios de los 90s.

“RTR” fue el punto más alto del nuevo sonido de In Flames, y los discos siguientes (desde “Soundtrack To Your Escape” hasta “Sounds Of A Playground Fading”) palidecieron ante ese álbum. A pesar de ello, siempre hubo una esperanza de que la musa inspiradora apareciera de nuevo en la composición del grupo en el estilo que más cómodos se sintieran, esperanza que se renovó cuando el grupo anunció la salida de su nuevo álbum “Siren Charms”.

Lamentablemente, In Flames vuelve a decepcionar.

En bodrios como “Everything’s Gone” (con ciertos riffs a lo Korn que ya suenan insulsos en pleno 2014), “Through Oblivion” (donde el redoblante suena como hecho de lata), ese intento fallido de pseudo balada que es “With Eyes Wide Open” y “Siren Charms” (con unos cortes muy incómodos en medio de la canción) Anders Fridén suena cansado y sin ganas, y las guitarras de Niclas Engelin y Björn Gelotte no ayudan a levantar la canción, además de sonar muy atrás en la mezcla. La metalcorosa “When The World Explodes”, una de las peores del disco, parece hecha de retazos de diferentes canciones pegados uno atrás de otro sin el más mínimo cuidado por tratar que suene de manera coherente, echando más leña al enorme fuego de vergüenza ajena que termina resultando el disco.

Por lejos, este es el peor disco de In Flames. Aunque “Paralyzed”, de lindo coro y buen solo de guitarra, levanta un poco y termina conformándose como una buena canción, estamos hablando de una canción de las 12 que integran el álbum, donde los versos y estribillos podrían intercambiarse unos con otros y el resultado sería el mismo. Hay cosas acá (como los feos arreglos electrónicos de varias canciones y la repetición de estructuras) que se podrían perdonar en el primer demo de un grupo que recién comienza, pero estamos hablando de una banda ya consolidada con 11 discos y casi 25 años de trayectoria en sus espaldas. Ya es tiempo de que el grupo se replantee de nuevo su carrera, ya no para permanecer sino directamente para reflotar y que no se les hunda el barco.