Slayer – 2015 – Repentless

Hasta hace no mucho, decir que Slayer era la banda más estable de los Cuatro Grandes del Thrash Metal era decir la cosa más obvia del mundo: hablamos de una banda que casi no tuvo cambios de formación a lo largo de su historia, incluso teniendo a su formación original durante la mayor parte de su carrera, y de una banda con pocos cambios en la base de su sonido, más allá de alguna anomalía como “Diabolus In Musica”.

Todo parecía ir bien en el seno de Slayer, hasta que un día de 2011 se reveló que a Jeff Hanneman, guitarrista de la banda, habia sido picado por una araña en el brazo mientras estaba en el jacuzzi de un amigo. Lo que podría haber sido simple material para uno de los típicos posteos graciosos de Facebook perdió cualquier gracia cuando se informó que, a raíz de la picadura, Hanneman había contraído fascitis necrotizante, una condición donde la carne literalmente se pudre. La situación empeoró al punto de tener que sumir al guitarrista en un coma inducido por el dolor que sufría.

Incluso con todos estos hechos horribles, los otros miembros de Slayer se mostraron calmados y siempre profesionales, algo que no sorprende si hablamos de un grupo con treinta años de historia, y mientras Hanneman recibía tratamiento ellos siguieron girando con Gary Holt, guitarrista de Exodus, y, ocasionalmente, Pat O’Brien, de Cannibal Corpse, cubriendo el puesto de Hanneman. Aunque la recuperación de Hanneman era lenta, no era el primer músico que sufría un problema físico grave, y si Def Leppard pudieron seguir luego de que su baterista perdiera un brazo, entonces sólo era cuestión de tiempo para que Hanneman volviera a tocar junto a sus compañeros de banda.

Pero entonces, la tragedia ocurrió.

El 2 de mayo de 2013, se informó que Jeff Hanneman había muerto a los 49 años, víctima no de  fascitis necrotizante, sino de una cirrosis, causada por un elevado consumo de alcohol durante un prolongado periodo de tiempo. Haciendo el anuncio más tétrico, la cirrosis es uno de los factores de riesgo más grandes al momento de lidiar con la fascitis necrotizante.

Poco después, el baterista Dave Lombardo anunció que se iba de la banda por desacuerdos económicos con el resto del grupo. Con la salida del baterista cubano, en unos pocos meses Slayer había perdido a la mitad de su formación a manos de la muerte y del dinero, y el mito de que en Slayer estaba todo perfecto se vio destruido para siempre.

Con la vuelta de Paul Bostaph, quien ya había reemplazado a Lombardo cuando este se había ido por segunda vez de la banda en 1992, y con Gary Holt cubriendo el puesto de Hanneman, Slayer decidieron volver al estudio para grabar el sucesor de “World Painted Blood” (2009). Titulado “Repentless”, el disco en cuestión fue editado el 11 de septiembre de este año, algo que puede sentirse como un nexo a “God Hates Us All”, el último disco que habían grabado con Bostaph y que había sido editado el 11 de septiembre de 2001. “Repentless” fue editado en medio del peor momento de la historia de la banda. Y eso se nota.

El problema con “Repentless” es que tiene demasiados pasajes donde parece que las canciones hubieran sido hechas a las apuradas, como si Araya y King (y Holt, si tomamos varias partes que suenan muy del estilo del líder de Exodus) sólo hubieran querido tener algo en la calle después de seis años de silencio, o como para mostrar que ellos no necesitan de la presencia de Hanneman y Lombardo para manejar al grupo, sobre todo luego de la salida del baterista. Este “piloto automático” que se puede sentir en varias de las canciones perjudica al resultado final. Porque el punto con bandas como AC/DC, Ramones, Motörhead y los mismos Slayer, bandas sin vueltas en su sonido, es que la calidad de sus discos se verá determinada pura y exclusivamente por la calidad de sus composiciones. Y ahí es donde falla “Repentless”, en la falta de gancho de sus canciones, y lo genérico de sus riffs, que en su mayoría suenan como sobras del cajón de King, y en lo repetitivo de la estructura de sus canciones.
Podría destacar algunas cosas positivas del disco. Primero, la producción me gustó mucho, y la batería de Bostaph suena espectacular. Y si tuviera que elegir una canción, sería “Chasing Death”, que recuerda a la época de “Seasons In The Abyss” (1990). Sin embargo, nada de esto está cerca de levantar un resultado pobre. Si este va a ser o no el último disco de Slayer ya se verá, pero si es será un final indigno para una de las mejores bandas que haya visto el thrash, y una de las más influyentes que haya tenido el heavy metal en general. Sólo queda esperar que en el futuro, y ya sea dentro o fuera de Slayer, que los encargados de llevar las riendas del grupo encuentren el norte nuevamente.