Carga Viva en Roxy Live 17-09-2017

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PH: Nicolás Torregiani

Antes de comenzar, quisiera disculparme con Rey Morfeo y 5 Decibeles, bandas teloneras a las que no pude ver. Hago todo lo posible para poder ver a todas las bandas en una fecha, pero justo en esta ocasión se dio un tema de tiempos que hizo que pudiera llegar unos minutos antes de la presentación de Carga Viva.

Luego de una introducción con “El Ciclo Sin Fin”, de El Rey León, sonando de fondo, el telón se abrió para dar paso al slap de bajo que arrancó “Opinólogos Virtuales”, canción que da título al primer LP de Carga Viva. Algunos problemas con la guitarra, que se volvería a repetir, y un par de acoples ensuciaron el comienzo, pero fue acá donde se pudo empezar a apreciar el sonido funkrockero de la banda, con momentos que recuerdan mucho al Red Hot Chili Peppers de la mejor época, y con “Dios y el Diablo” mostraron una faceta más pesada, similar a la de Rage Against The Machine.

A “Se Pudre Bajo El Sol”, un tema más rockero, le sucedió el primer cover de la noche, que vino de la mano de “Sátiro”, de Babasónicos. Versión inesperada, al menos personalmente, pero que no sonó fuera de lugar entre las otras canciones.

“Calles Salvajes “ tuvo a los primeros invitados de la noche, con Josi Lennard y Chris Espinosa de Tu Mamá No Entiende Nada. En “Anestesiados por el Ruido” la guitarra volvió a fallar, dejando al bajista Nicolás Poggioli y al baterista Federico Macías solos por un rato hasta que logró volver, momento marcado por las ovaciones de la gente.

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PH: Nicolás Torregiani

Luego de “Don’t Forget Me” de los Red Hot Chili Peppers (el cover menos interesante de la noche, extrañamente) y de “Laurel”, a las que siguieron con una jam entre el bajo y la batería, llegaron los siguientes invitados de la noche: el cantante Manuel Iglesias, de Rey Morfeo, y el trompetista Ilian Shalom se sumaron a la banda, y con el guitarrista Joaquín Brizuela y el cantante Lautaro Barceló intercambiando sus puestos, para hacer un cover de “Nunca Nos Fuimos” de Flema, con vientos y dualidad de voces que le dieron un toque propio.

Con “Maquillaje”, Carga Viva volvió a las canciones propias, y con “Irán (Más Allá A Buscarnos)” invitaron a Luciano Villacé, cantante y guitarrista de Bigger y productor de Opinólogos Virtuales. “El Disfraz (No Puedo Parar)” vio la vuelta de Ilian Shalom a los vientos.

El final de la presentación fue con “Wells, El Chamuyero”, de su primer EP No Puedo Parar, y un medley con una base de cumbia, en el que Carga Viva metió fragmentos de canciones tan disímiles como “Feel Good Inc.” de Gorillaz, “Una Vela” de Intoxicados y “Señor Cobranza” de Las Manos de Filippi.

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PH: Nicolás Torregiani

Es así que finalizó la presentación de Carga Viva en Roxy Live. Muy lejos de ser la clase de recital al que yo hubiera pensado ir en algún momento, pero uno que agradezco poder haber presenciado por me mostró a una banda con un sonido muy propio y con muchísimo futuro, probando cosas nuevas en un ambiente que pareciera haberse dado por vencido en buscar nuevos horizontes.

Le doy las gracias a Sofía Olivera, de rock.com.ar, por haberme invitado a cubrir esta fecha, y a Nicolás Torregiani, por las excelentes fotos que sacó durante el recital.

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Quiet Riot – 2017 – “Road Rage” [Reseña]

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Para ser un grupo que desde sus orígenes se codeó con Van Halen, dio dos músicos a la banda de Ozzy Osbourne, y que encima tuvo el primer disco de heavy metal en llegar al primer puesto de ventas en Estados Unidos, los últimos 35 años no fueron muy amables con Quiet Riot. Constantes cambios de formación y de estilo, la frialdad de la crítica, el ninguneo del público y álbumes insulsos, todo conspiró de manera perfecta para que a esta banda estadounidense se la recuerde más por los 15 minutos de fama que le trajo un cover de Slade grabado a las apuradas que por otra cosa. Y aunque la muerte por sobredosis de cocaína del cantante Kevin DuBrow en 2007 parecía haber marcado el fin de la banda como tal, en 2010 el baterista Frankie Banali, el guitarrista Alex Grossi y el bajista Chuck Wright decidieron reformar el grupo sin ningún miembro original, aunque a esta altura es más sumarle una mancha al tigre que otra cosa.

Road Rage es ya el decimotercer álbum de la banda y segundo desde su reformación, pero es el primero compuesto por material completamente nuevo si consideramos que “Quiet Riot 10” era mitad canciones de estudio con el cantante nuevo Jizzy Pearl y otra mitad con grabaciones en vivo junto a DuBrow. Hablando de cantantes, en esta ocasión el puesto es ocupado por James Durbin, un joven de 28 años que se hizo conocido como participante de American Idol, y aunque semejante curriculum pueda despertar la desconfianza de más de uno, personalmente creo que Durbin es una adición más que correcta a la banda, con una voz aguda similar a la de Vince Neil de Motley Crue. No es la gran cosa, pero cumple.

Las canciones de Road Rage van por terrenos más rockeros que metaleros, los que mejor le sientan a la banda. Hay mucho riff cuadrado pero gancheroyletras llenas de clichés pero sin hartar, alejados de cualquier pretensión y abocados a pasar un buen momento. Y si sos fan del costado más rockero del glam, similar al primer disco de Ratt, entonces canciones como “Roll This Joint”, con unos teclados discretos que agregan bastante a la canción, y “Knock Em Down”, con una guitarra con toda la onda, seguro van a ser de tu agrado.

El resto de los tracks van por caminos más básicos y homogéneos, por lo que casi cualquier cosa que se pueda decir sobre “Can’t Get Enough” bien podría decirse sobre “Getaway”, “Freak Flag” y así con las demás. Y ese es el mayor problema, el de la poca diversidad de las canciones, casi nunca variando la velocidad o el estilo de los riffs. Y aunque no hay canciones a las que uno pueda señalar como relleno, sí hay ciertos momentos en los que se alargan de manera innecesaria, y casi 50 minutos de lo mismo llegan a cansar incluso al fanático más grande. Si este año Warrant pudieron darle diversidad a su propuesta con un par de números lentos y blueseros y sacar un buen disco este año, no veo por qué Quiet Riot no podrían haber intentado lo mismo, aunque sea para que la escucha no se haga tan pesada.

Pero dicho eso, Road Rage me parece un trabajo más que decente. Sus falencias son claras, pero sus virtudes también. No da para una escucha constante, pero bien puede ser la banda sonora de una fiesta, o de un rato para el que quieras olvidarte de que 1983 ya terminó hace rato. Y aunque no sé a cuánta gente le vaya a importar su existencia (yo mismo me enteré de casualidad que iba a salir), Road Rage me parece el álbum más redondo de Quiet Riot en tres décadas, así que puede que el intento de Banali, Grossi y Wright de seguir con la banda después a pesar de todo no es sólo un capricho, sino que puede tener algo de fundamento.

“Freak Flag”

“Wasted”

Battle Cry – 2016 – “Cicatrices”

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Desde hace casi dos décadas, Battle Cry vienen dando batalla con su sonido a mitad de camino entre el heavy clásico y el power metal. Y aunque en papel algo así está en las antípodas de poder considerarse original, estos jujeños tienen un par de elementos como para destacarse en un estilo tan saturado de propuestas genéricas.

Cicatrices, tercer álbum de la banda, es una buena muestra tanto de los vicios como de las virtudes de este grupo. Con excepción del instrumental acústico “Entre La Vida Y La Muerte”, las canciones se manejan con una base de riffs pesados, mucho doble bombo y un teclado bastante presente, todo balanceado de tal manera que puede atraer tanto al fan de Judas Priest como al de Stratovarius. Hay mucho riff de manual pero con gancho y buen gusto, apoyado por las melodías de teclados que no se limitan a servir de colchón a las guitarras.

El cantante Leonardo Campos es uno de los puntos altos del álbum: con un estilo muy melódico y alejado de las típicas voces “rasposas” que parecen haberse hecho casi reglamentarias en los últimos años, cumple su papel de una manera agradable de escuchar, además de darle una fuerte convicción a las letras cercanas de manera explícita a cuestiones sociales, algo bastante complicado de encontrar en el estilo.

El álbum transcurre de manera fluida entre canción y canción. No hay temas que de verdad se destaquen por encima de otros, tampoco hay altibajos ni canciones de relleno. Un elemento muy interesante en la dinámica del grupo viene por el lado de la inclusión en ciertos momentos de instrumentos autóctonos, como la quena. Esto le agrega un toque de personalidad a canciones como “En Las Estrellas” y “Almita Civila”, aunque sería muy interesante que se los usara de manera más usual, como una parte integral de su propuesta.

Siendo una banda con muchos instrumentos, es una pena que una de mis mayores críticas al álbum venga por el lado del sonido, un tanto precario por momentos, y de la mezcla. Esta última tiene a los instrumentos sonando demasiado juntos, sin darles espacio como para moverse y desarrollarse. Esto es algo que se nota mucho si se escucha el álbum con auriculares, así que parece que “Cicatrices” está hecho más para escucharse con parlantes.

Con pros y contras, Cicatrices se inclina hacia una calificación positiva. Hay varios aspectos para mejorar, pero los integrantes de Battle Cry vienen mejorando como músicos y compositores desde sus primeras producciones, y demuestran talento como para sacar grandes obras en las circunstancias indicadas. A ponerle fichas a este grupo, con un norte definido y una propuesta con personalidad propia.

 

(Nota: Bueno, no creí que iba a tardar más de un mes en actualizar. Sin querer que de verdad fuera así, me terminé tomando julio como un mes de vacaciones del blog, en parte por cuestiones personales pero más que nada porque me sentía quemado y sin ganas de ponerme a escribir. Pero bueno, las ganas volvieron y no creo que vayan a tener que esperar otro mes para leer cosas nuevas por acá.)

Adrenaline Mob – 2017 – “We The People” [Reseña]

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Para ser un grupo formado por gente con pasado y presente en bandas donde la complejidad y el virtuosismo están a la orden del día, los primeros pasos de Adenaline Mob estuvieron más cerca de los tumbos que de la elegancia que sus integrantes sabían mostrar. Formados en 2011 por el cantante Russell Allen (Symphony X), el baterista Mike Portnoy (ex Dream Theater) y el guitarrista Mike Orlando, tanto su EP “Adrenaline Mob” como su LP “Omertá” me parecieron esfuerzos tediosos, llenos de riffs cuadrados a mitad de camino entre Pantera y Disturbed (sin la potencia de los primeros y lo que sea que la gente vea en los segundos), que me dieron la idea de que AM eran más interesantes por el currículum de la gente detrás que por cualquier elemento musical, un aspecto donde parecía más un desperdicio de talentos individuales antes que otra cosa. Pero a seis años de esos poco esperanzadores primeros trabajos y con no sólo la salida de Portnoy sino también de un gran recambio de miembros, parece que Adrenaline Mob han sabido trabajar sobre sus fortalezas. Y aunque el tema del currículum de cada uno de sus integrantes me siga pareciendo mucho más interesante que su música, al menos puedo decir que siento que ahora están más cerca de comportarse como una banda de verdad y menos como un depósito de canciones descartadas, algo que puede verse en We The People, ya tercer LP de estos estadounidenses.

Ni bien pasa la introducción simil radio de la inicial “King of the Ring” nos encontramos con un típico riff de hard rock groovero, mientras Allen adopta un estilo más grave y rasposo que en Symphony X. Todo en su lugar y donde se espera, aunque no sea el inicio más alentador si no sos súper fanático de esta banda desde el principio. Pero con “We The People”, el tema título, las cosas comienzan a mejorar, y ya con “The Killer’s Inside” ya se establece un nivel que va a variar poco durante el resto del álbum, con temas como “What You’re Made Of” y uno de sus riffs que recuerda mucho a uno de los de “Killing In The Name” de Rage Against The Machine, “Violent State Of Mind” y sus riffs precisos, y la melódica “Raise ‘Em Up” como elecciones más que nada arbitrarias dentro de un trabajo balanceado, donde ninguna canción parece estar de más.

Hay que señalar que no es que haya cambiado mucho con respecto al estilo de las canciones, más allá de la temática política expresada tanto en el título del álbum como en la (feísima) tapa. Entonces, ¿cómo es que esto me parece mucho mejor? Creo que es porque Adrenaline Mob parecen haber mejorado en cada aspecto con respecto a sus primeros trabajos: las voces suenan mejor, las melodías son más gancheras, los riffs pegan más, y más que nada ya dejaron de recordarme a Five Finger Death Punch, algo que nunca está de más para señalar como algo bueno.

Pero esto no significa que We The People sea una maravilla de la composición, porque Adrenaline Mob siguen conservando algunos vicios. Uno de ellos es la duración de las canciones, porque hay varias que duran más de cinco minutos, acercándose a los seis, y parece que hubiera uno o dos minutos de sobra metidos ahí. Otra problema es lo homogéneas que suenan las canciones, que hacen que un disco de más de una hora se sienta más largo de lo que en realidad es.

Aunque siguen sin parecerme la gran cosa, We The People bien puede ser lo más redondo y consistente que haya sacado Adrenaline Mob. Ya seas un fan de toda la vida o alguien que no tiene idea de ellos, pegarle una escuchada no te va a ser daño, porque hay un par de canciones más que interesantes para pasar el rato.

Gravetemple – 2017 – “Impassable Fears” [Reseña]

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Gravetemple nació en 2006 como una contraparte de Burial Chamber Trio, un proyecto al que hace referencia en su nombre. La línea entre ambos es que Burial Chamber tiene a Greg Anderson en guitarra, mientras que en Gravetemple está Stephen O’Malley, compañero de Anderson en Sunn O))), en su lugar. A él se le suman el guitarrista Oren Ambarchi, el baterista Matt Sanders y el cantante Attila Csihar, quien parece que siempre está disponible para participar en cualquier proyecto que se le cruce.

Impassable Fears, segundo álbum de Gravetemple, se compone de tres tracks de entre siete y diez minutos, y tres composiciones ambientales más cortas que sirven como interludios y cierre. Noten que no uso la palabra “canción” para hablar de esas composiciones más largas, y eso es porque es complicado interpretarlas como tales: la densa maraña de distorsión parece más improvisada que otra cosa, y es muy difícil encontrar riffs o estructuras discernibles más allá de un inicio y un final. Por la manera en la que cada parte trasciende hacia la otra, es mejor ver este disco como una sola “canción” dividida en varias partes, hecha para escucharse de una y en orden.

Es obvio que el estilo de Gravetemple se puede relacionar con el de Sunn O))), no sólo por compartir miembros sino también por su énfasis en el ruido y la monotonía. Pero la gran diferencia está en que Gravetemple es mucho más agresivo y denso, con guitarras que llenan cada espacio con acoples y distorsión, y una batería que deja de lado casi cualquier intento de marcar ritmos para hacer el mayor ruido posible, con un sentimiento casi de ritual.

Pero si casi todo el álbum se compone de simples rejuntes de ruidos provocados por músicos que se niegan a usar sus instrumentos de la manera para la que fueron construidos y las voces son completamente inentendibles incluso si uno es capaz de entender inglés o húngaro, ¿cuál es el verdadero valor musical de algo como Gravetemple? Las opiniones son variadas y, en algunos casos, extremas, pero déjenme decirles la mía: de la misma manera que Marcel Duchamp puso un mingitorio en una exhibición para comprobar los límites de lo que se puede llamar “arte”, cosas como Gravetemple, y cualquier intento de música extrema si vamos al caso, están para probar y extender los límites de lo que se puede llamar “música”.

Impassable Fears es una obra difícil, densa, y profundamente experimental, y que escapa a casi cualquier etiqueta de música normal. Tiene sus fallas, como una producción similar a un demo de black metal muy sucia que hace que no se sepa dónde termina y dónde arranca cada instrumento, pero es muy complicado saber hasta qué punto algo es una falla en un álbum donde nada se hace “como se debería”. No habría que culpar a nadie si no puede soportar siquiera unos pocos minutos de su contenido y tampoco es que invite a escucharla de nuevo cuando termina, pero casi todo fanático de lo extremo se va a encontrar con una experiencia atrayente a lo largo de sus 35 minutos.