[Reseña] Enforcer – 2019 – “Zenith”

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De entre todas las bandas que en la última década y media vienen dándole manija al “revival retro”, Enforcer siempre me parecieron de los que mejor entendieron que la idea de buscar inspiración de manera tan obvia en el pasado también implica tener las canciones correctas para que no quedar como un copión sin talento, y ciertamente estos suecos no tienen nada que envidiarle a los héroes musicales en los que se inspiran. Estos comandados por el cantante y guitarrista Olaf Wikstrand ya tienen cuatro discos de calidad superlativa en sus espaldas, incluyendo el último “From Beyond” que, incluso teniendo una influencia demasiado obvia de “The Final Countdown” de Europe en su tema título, redondeaba para arriba con un conjunto de canciones espectaculares de puro speed metal ochentoso, peleando para ser uno de los mejores discos en materia metalera del 2015.

“Zenith”, ya quinto álbum de los suecos, estuvo precedido por cuatro años de espera antes de su salida, la más larga en la carrera de la banda, e incluyó una edición aparte del disco completamente en español como para capitalizar en sus fans latinoamericanos, lo cual me parece un gesto bastante destacable. Sin embargo, no sé si habrán sido esas expectativas las que me llevaron a concluir que estamos enfrente del peor álbum de Enforcer hasta la fecha.

¿Qué pasó con “Zenith”? Podemos mencionar una diferencia importante con respecto a álbumes anteriores, y es que el foco de su nostalgia parece haber cambiado, cortando la parte de “speed” en su “speed metal” y enfocándose más en medios tiempos (de vez en cuando más acelerados) y en un sonido más cercano al heavy clásico como en “Zenith of the Black Sun” o “The end of a Universe”, e incluso al hard rock ochentoso, como en la inicial “Die For The Devil”. Hay un par de experimentos, como la balada “Regrets”, de melodías prominentes de piano, e incluso una canción como “Sail On”, que parece querer mezclar hard rock setentoso con heavy ochentoso. Y de vez en cuando vuelven a la velocidad acostumbrada, específicamente en “Searching For You” y en “Thunder and Hell”.

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¿Quiero decir que “Zenith” es decepcionante por el cambio de esto? No necesariamente, aunque mentiría si dijera que no hay cierta decepción en no poder estar escuchando otra colección de puro speed metal. Apoyo que los artistas experimenten y que busquen por fuera de su zona de confort, incluso si la fórmula todavía funciona porque para algunos es mejor cerrar una etapa en un punto alto que esperar a que las grietas comiencen a manifestarse. Así que el problema de “Zenith” no viene por el lado del cambio de estilo, sino por la ausencia de un elemento que siempre fue importante en la fórmula de Enforcer: el gancho.

Casi todas las canciones de este nuevo álbum les falta esa chispa, eso que hacía que los álbumes de los suecos captaran la atención del oyente, más que nada porque acá hay mucho riff poco inspirado y muchos elementos mal usados. Por ejemplo, “Searching For You” es uno de los temas rápidos del álbum, pero en cualquier otro trabajo de la banda sería considerado relleno, y acá la cosa no cambia: suena hecha así nomás, durando poco menos de tres minutos y no haciendo nada que no hayamos escuchado hecho mejor en cualquier otra canción. “Regrets” es una balada melosa que se alarga mucho más de lo que debería, “One Thousand Years of Darkness” abusa de los sonidos orquestales, y “Forever We Worship The Dark” termina irritando con sus coros, incluso si estos no difieren mucho del estilo del grupo. Por suerte, para el final quedan los dos mejores momentos: “Thunder and Hell” es un ejercicio de velocidad metálica que no hubiera sonado fuera de lugar en cualquiera de los álbumes anteriores de Enforcer, y la extensa “Ode To Death” cierra el álbum haciendo más que bien lo que otras canciones no terminan de lograr, fusionando dramatismo con diversos climas y momentos acústicos.

“Zenith” termina sonando confuso, con muchos elementos nuevos que no terminan de cuajar entre ellos y muchas ideas que no suenan bien desarrolladas. ¿Habrá sido la emoción de estar intentando algo nuevo que se terminó saliendo de control? Es difícil decir, pero los resultados finales hablan por si solos: este quinto álbum de los suecos es un bache en su carrera. Por suerte podemos ver que de vez en cuando la magia apareció en la composición, lo que da esperanza para que a futuro el cuarteto pueda terminar de plasmar lo que no se pudo en este álbum, o volver a sus antiguas armas, donde parecen sentirse más cómodos.

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[Reseña] Kishi – 2018 – “Depois da Meia Noite”

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Kishi son un cuarteto metalero proveniente de Luanda, capital de Angola, en el sur africano. Aunque el heavy metal proveniente del continente negro no sea algo necesariamente nuevo, con grupos como los tunecinos Myrath y los argelinos Devast, ciertamente solemos hablar de experiencias aisladas y casi siempre concentradas en los países más desarrollados, con algunas escenas acá y allá mantenidas a pulmón por los mismos músicos y fanáticos, algo que aplica a Kishi siendo que el cantante, Manel Kavalera, es también productor de recitales en su país.

Llamados a partir de un demonio de dos caras de la mitología angoleña, Kishi se promocionan en su Bandcamp como “la primera banda stoner de Angola”, algo que no tengo problema en creer siendo que Metal-Archives me cuenta que las bandas de heavy metal de ese país se cuentan con los dedos de las manos, siendo que es complicado armar casi cualquier propuesta musical en uno de los países más pobres del mundo. Y con eso en mente, su debut “Depois da Meia Noite” sería el primer disco de stoner angoleño, así que podríamos estar enfrente del nacimiento de toda una escena musical.

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Y “stoner” es justamente lo que ofrece “Depois…”, al menos en sus características más básicas: guitarras graves, mucho énfasis en el ride en la batería y ritmos para imaginarse yendo por la ruta en un auto retro. Pero es a partir de esa propuesta que el álbum explorar diferentes ideas de lo que podría ser el “stoner”, algo que no sé si fue hecho de manera consciente pero que es cómo lo termino interpretando: las canciones en “Depois…” vienen en diferentes variedades, con “Get Stoned” y “Higher” yendo por el lado más rockero del estilo, con “Kishi” y “Balada de um Mwadie” poniendo el énfasis en el costado más pesado, y con la fina “Kianda” metiéndose de lleno en los más lento del stoner doom, dando lugar a mi canción favorita del álbum.

El álbum concluye en apenas 27 minutos y monedas, y ahí hay un punto negativo del álbum: aunque varias veces haya dicho que prefiero los álbumes de duración moderada, el stoner es un estilo donde hay que darle su tiempo a las canciones para desarrollarse, algo contra lo que conspira la duración tan acotada. Hay un par de canciones de menos de tres minutos que siento que hubieran quedado mejor si hubieran estado más trabajadas. También están las dos canciones instrumentales, que no me terminan de convencer porque no entregan nada muy diferente de las canciones cantadas, algo que creo esencial con las canciones instrumentales.

“Depois…” suena más que bien en el aspecto técnico, con la mezcla a cargo de Brad Boatright (quien parece haber trabajado en 75% de los álbumes de heavy metal de los últimos años). La batería a veces suena un poco apagada y el bajo queda un tanto tapado por momentos, pero las guitarras suenan tan cálidas y valvulares como se merece este estilo, y Manel Kalavera es, como dije antes, un cantante con cierta personalidad en su manera de cantar, más aguerrida que de costumbre. Por momentos me recuerdan a Corrosion of Conformity si éstos cantaran en portugués de vez en cuando.

A pesar de las varias falencias del álbum, aplaudo que se haya podido llevar a cabo su creación en un contexto tan adverso, y espero que sea el puntapié inicial para cosas mejores. “Depois…” se puede escuchar en la cuenta de Bandcamp de la banda y descargarse a través del sistema de “pagá lo que quieras”, así que es una gran oportunidad para los que sean ultra fanáticos del stoner y/o de encontrar sonidos familiares en tierras extrañas.

[Retrospectiva] Vasco da Gama – 1983 – “Vasco da Gama”

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En 1982, el guitarrista portugués Carlos Jorge Miguel volvió a su país después de haber estado un tiempo en Francia, donde había formado parte de varios proyectos musicales. Con la idea de seguir sus actividades musicales en tierras lusas, publicó un aviso en una revista de música local, que fue respondido por el bajista Tó Andrade. Andrade había formado parte de la Go Graal Blues Band (grupo portugués de blues que, al parecer, era conocido por componer sus canciones en inglés, toda una rareza para la época) y rápidamente encontró un sonido en común con Miguel, dando inicio al grupo. Al bautizarlo, eligieron el nombre “Vasco da Gama”, en referencia al explorador portugués que descubrió la ruta para llegar a la India desde Europa, la misma que buscara Cristóbal Colón en sus viajes. Más tarde se les sumaron el cantante Luis Sanches y el baterista Orlando Levezinho.

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Por esa época, la escena portuguesa del heavy metal recién se estaba formando, y aunque Vasco da Gama estaban lejos de ser la primera banda del género en su país, ciertamente no eran mucho más jóvenes que otros pioneros de la escena como NZZN, Xeque Mate, Mac Zac (que luego pasaran a ser Tarántula) y Atomic Mushrooms. Era un ambiente de poca experiencia, completamente subterráneo y donde tanto las bandas como los fanáticos tenían pocas posibilidades de ir a conciertos fuera de sus ciudades natales. Lo mismo se podía sobre toda la escena musical del rock, siendo que entre 1926 y 1974 el país había vivido el periodo de la Dictadura Nacional, que había impedido un gran desarrollo de este tipo de música popular. Sin embargo, que fuera una escena dentro de todo chica daba lugar para cierta experimentación.

El primer recital de Vasco da Gama se dio el 14 de enero de 1983 en el Rock Rendez Vous, un desaparecido local de la ciudad de Lisboa que es considerado una leyenda dentro de la escena del rock portugués por la cantidad de grupos famosos que comenzaron tocando ahí, equivalente al CBGB estadounidense o el Cemento argentino. El recital fue presenciado por un representante de Discossete, una casa discográfica portuguesa fundada en 1981, quien fue invitado por la banda y que les ofreció un contrato al poco tiempo, así que para junio de 1983 Vasco da Gama, ahora con el baterista Virgilio “Gil” Marujo reemplazando a Levezinho (algo que estaba planeado desde el principio), ya estaba grabando su disco debut autotitulado, con Miguel y Andrade encargándose de la producción.

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Considerando la época y la ubicación geográfica, uno esperaría encontrarse una fuerte influencia de la Nueva Ola del Heavy Metal Británica apenas apreta play, y eso es claramente lo que uno se va a encontrar, aunque no sea obvio a primera escucha cuando arranca “Avé Rei do Mal”, una canción con un fuerte apoyo en las melodías vocales y de guitarra. Suena sorprendemente trabajada y el estribillo se te queda en la mente a las pocas escuchas. ¿Acaso esperaba otra cosa? En parte sí, podría decir que esperaba un sonido más cercano al de “Confusão ou Ilusão”, el segundo tema: es una onda más aguerrida, de cierto regusto punk. Hasta las letras van por ese lado: Metal-Archives dirá que las letras tratan sobre historia y mitología portuguesa, pero aunque mi portugués es inexistente la frase “forças policiais” en la canción ya debería ser un indicativo del camino que llevan las letras.

“Varinaice” (adaptación fonética de la frase “Very Nice”) suena muy cercana al Iron Maiden con Paul Di’Anno en las voces, mientras que “Lendas e Mitos” tiene hasta cierta onda Black Sabbath, con su ritmo a medio tiempo y sus riffs ultra marcados, al punto que el riff al principio me recuerda a algún riff de la banda inglesa, aunque no pueda recordar con exactitud cuál.

Después de un Lado A fuerte, el Lado B pierde un par de puntos con respecto al anterior, aunque sea dentro de todo sólido. “Feijão Verde” es un hard rock agradable aunque no muy memorable, mientras que “Rock’n Rosseau” es un rock’n’roll con cero heavy metal, con mucho énfasis en el piano y los acompañamientos de palmas, que la hacen por lejos la canción más extraña del álbum, con un ritmo casi rockabilly. No me disgusta, pero queda completamente fuera de lugar en medio del disco, y casi parece un relleno.

Por suerte el disco recupera el nivel en sus dos últimas canciones: “Vasco da Gama” (la canción) vendría a ser el himno de la banda, con su apoyo en los coros de varias voces que recuerda a un Accept menos pesado y más melódico. Al final cierra “Morte”, que haciendo honor a su nombre arranca con la “Marcha Fúnebre” de Frédéric Chopin, y que es la más larga y lenta del disco, con un riff oscuro pero manteniendo el sentido de énfasis en las melodías de las otras canciones.

El álbum suena dentro de todo bien, con cada instrumento sonando claro y en su lugar. No creo que tuvieran un gran presupuesto para el álbum, pero parece que hicieron lo mejor con lo que tenían. Obviamente tiene detalles extremadamente ochentosos, pero eso es algo que ya es de esperar con esta clase de álbumes (casi diría que muchos buscan precisamente esa ochentosidad al momento de acercarse a estos discos).

“Vasco da Gama” es un disco que demuestra algunas falencias, con su Lado B claramente inferior y un par de temas que suenan un tanto de relleno, además de que ninguno de los músicos (con excepción de unos buenos solos por parte de Miguel) haga algo que de verdad vaya a volarle la cabeza a alguno. Pero tiene también muchas virtudes, y el Lado A y el par de temas rescatables del Lado B son suficientes para dar un resultado positivo al álbum.

Claramente Vasco Da Gama era una banda que tenía un gran potencial, con buen gusto al momento de buscar la melodía (algo que es más difícil de encontrar de lo que parece). Y parece que todo le sonreía al grupo, logrando ser teloneros de Diamond Head cuando tocaron en Portugal en 1984, y en 1988 participaron de un compilado de su sello junto a las bandas Ibéria y Samurai, aportando tres canciones ya publicadas en su disco. Pero no habría segunda oportunidad para el grupo: “Vasco da Gama” sería el único álbum de la banda, que se terminó separando. ¿Cuándo? No tengo la más mínima idea: casi cualquier rastro del grupo parece haberse esfumado después de 1988, con excepción de una mención de la muerte de Tó Andrade en 2015. ¿Se separaron por peleas de los miembros? ¿El disco no tuvo éxito? Vaya uno a saber, porque en esta ocasión encontré todavía menos datos que con Asparez, y eso es bastante decir.

“Vasco da Gama”, el álbum, se convirtió en una toda una pieza de colección, con una copia llegando a los 176 euros en Discogs y con algunas a incluso 400 euros, algo obviamente provocado por la ausencia de cualquier reedición. Pero después de más de 35 años, y en un evento que recién me enteré al momento de comenzar a escribir este texto, que el sello Carbono reeditó el álbum este año, no sólo en vinilo sino también  en CD, la primera edición del álbum en ese formato, incluyendo como bonus un par de canciones grabadas en vivo en el Rock Rendez Vous. Es una oportunidad más que valiosa para echarle un vistazo a toda una curiosidad a esta curiosa (y destacable) del heavy metal ochentoso más under.

Fuentes:
https://portugal80smetal.blogspot.com/2011/05/vasco-da-gama.html (Toda la parte del principio es más que nada una traducción de lo escrito en esta entrada del blog “Portugal 80s Metal”, por lejos la fuente más grande de información que pude encontrar acerca del grupo. También tiene imágenes del álbum y de entradas de la época).
https://www.discogs.com/artist/3659419-Vasco-Da-Gama-2
https://www.metal-archives.com/bands/Vasco_da_Gama/47872
https://www.reddit.com/r/portugal/comments/bc9llk/looking_for_help_with_portuguese_heavy_metal/ (Desde ya, un agradecimiento a los usuarios de r/Portugal, por echarme una mano con respecto a algunos datos de la época)

[Retrospectiva] Asparez (Аспарез) – 1990 – “Anathema” (“Анафема”)

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Los armenios de Asparez (escrito “Ասպարեզ”, en el alfabeto armenio) se formaron en 1982 en la ciudad de Yerevan, cuando el territorio todavía era parte de la Unión Soviética bajo el nombre de República Socialista de Armenia. Aunque en países dentro de la órbita soviética, como Polonia y Hungría, ya podían cortarse un par de grupos metaleros como Kat, Turbo o Pokolgép, faltaban unos años para que el género tomara fuerza en la Unión Soviética, gracias a la popularidad mundial de la Nueva Ola del Heavy Metal Británico y al contrabando de música occidental que era generalizado desde hacía décadas en todo el país. En este contexto, Asparez ponían su granito de arena al conformarse como la primera banda de heavy metal de Armenia, precediendo por unos años la formación de Ayas, otro de los pioneros del estilo en la zona. Parece que al principio tocaban un estilo más cercano al hard rock, pero ya para mediados de los ochentas ya habían hecho la transición a un estilo más pesado.

No tengo mucha información acerca de lo hecho por la banda durante el resto de la década de los ochentas: Metal-Archives dice que 1985 entraron al estudio pero que las grabaciones no se publicaron de manera oficial, aunque no puedo encontrar ningún lugar donde confirmar esto. Hay un video en la página rusa Ok.ru que incluye grabaciones de la banda en un videoclip, aunque no tengo idea de en qué año se grabaron. Y parece que participaron de la banda sonora de “Black Holes”, un corto de 25 dirigido por los armenios Arsen Azatian y Narine Mkrtchian y estrenado en 1989. Sí, no hay mucho con lo que trabajar, pero son las cosas de ponerse a investigar este tipo de grupos, y la barrera idiomática que plantea que casi toda la información esté en ruso o armenio.

De lo que sí estoy seguro es que en 1990. ya durante los últimos tiempos del régimen soviético, Asparez lograron editar su álbum debut. No pudo ser el primer álbum editado por una banda armenia gracias a que Ayas editaron “Yerkink u Yerkir” dos años antes, pero lograron ser la primera banda armenia editada por Melodiya, el sello discográfico que monopolizaba la edición de música en la Unión Soviética. Algo es algo, dice la gente.

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Grabado durante 1988, “Anathema” (título original: “Анафема”) presenta a una banda dedicada completamente al sonido del heavy metal británico de principios de los ochentas: Saxon, Tygers Of Pan Tang, Judas Priest, el Black Sabbath de Ronnie James Dio y hasta Angel Witch, entre otros. Incluso hasta podría mencionar una comparación con una banda argentina como Bloke, aunque sea sólo por tener influencias en común. “Ochishchenie” arranca el álbum con una marcha acelerada y el doble bombo marcando el tiempo (cortesía del baterista David Oganjanian, que hoy en día es un famoso cantante melódico pop, y quien también oficiaba de “director musical” de la banda), con las guitarras riffeando y de vez en cuando dibujando melodías serpenteantes que logran darle cierto sabor “exótico”, a falta de una mejor palabra, mientras unos teclados discretos acompañan.

Las voces tiran para el lado más agudo, pero es bueno señalar que nunca se “quiebran” y siempre están bastante claras, sin que parezca que el cantante esté forzando la voz, con una capacidad técnica rara de encontrar entre estas bandas del bloque soviético. Al parecer, en el disco grabaron dos cantantes diferentes, uno el cantante original Garik Martirosyan y el otro Jean Dilbaryan, quien entró durante los dos últimos años del grupo. Al parecer, esto se dio porque las canciones se grabaron a lo largo del tiempo y justo hubo un cambio de formación en el medio, aunque no sé cuál está en cada canción.

Esta velocidad inicial no se vuelve a repetir hasta “Lzhivaia Igra”, mientras que el resto de las composiciones se apoyan en medios tiempos acelerados y ritmos mucho más marcados de corte hardrockero, que por momentos recuerdan a lo hecho por Accept. Puede que suene como una fórmula que pueda llegar a cansar a cierto punto, pero creo que hay bastante para destacar entre estas canciones, como “Beloe Chiornym” y sus particulares riffs trabados mezclados con un estribillo súper melódico, la marcha de “Plamia i Metall” y el gancho simple de “Sumasshedshij Vek”. Además. El álbum apenas dura 31 minutos, así que se termina mucho antes de comenzar a cansar.

Tal vez la única canción que no me termina de convencer en sucesivas escuchas es “Pechal’”, que es “la balada” del álbum y está ubicada, como es tradición, como la tercera canción del álbum. Es una cuestión de gusto personal, pero es demasiado larga y demasiado suave comparada con el resto de las canciones, y no pasa mucho como para justificarla. Puede que para algunos plantee un buen cambio de ritmo, pero para mí suena un tanto descolgada.

Otro punto negativo está en el sonido del álbum. No sé si fue por una falta de recursos o de gente que supiera trabajar de verdad con este tipo de música detrás de las perillas, pero a las canciones parece faltarles una pulida sonora importante, Me recuerda a muchos discos de muy principios de los ochentas, pero en este caso hay diez años de atraso de por medio en ese aspecto. Aunque dentro de todo los instrumentos se escuchan claros y no se tapan entre ellos, más allá de la calidad símil demo.

Hay un par de curiosidades aparte acerca del álbum. Siendo de uno de los países con una de las tradiciones cristianas más antiguas del mundo, Asparez decidieron que Anathema fuera un disco conceptual acerca de la crucifixión de Cristo. Y ya que mencionamos a la cultura armenia, las letras del álbum están completamente en armenio, más allá de que los títulos estén en ruso.

De haberse publicado un par de años antes, podría imaginarme a Anathema recibiendo la misma atención que otros álbumes de bandas de culto del bloque soviético como Master, Credo, Aria o Pokolgép. Tiene más de un par de cosas que se podrían haber hecho mejor, pero este único álbum de Asparez es un trabajo honesto en su humildad, y demuestra a una banda que de verdad sabía lo que estaba haciendo. Si sos fan acérrimo del heavy ochentoso más under, de esos que andan buscando alguna joya olvidada del under o está interesado en el metal soviético que empezaron a recibir atención gracias a la magia de la Internet, este disco es para vos.

 

Fuentes:

Atrocious – 2018 – “Mental Disorder” [Reseña]

En Indonesia se está gestando, desde hace tiempo, toda una ola de bandas extremas a las que cualquier fan del género debería prestarle atención si busca propuestas alejadas de los puntos geográficos más tradicionales, no sólo con bandas sino también con sellos como Brutal Infection Records, Armstretch Records, Extreme Souls Records, Necrology Records y muchos más. Anteriormente hablé acerca de Damnation y, aunque ese disco no me dejó la mejor de las impresiones, me dio ganas de seguir explorando esta escena del under extremo del sureste asiático.

Nuestra próxima parada en esta exploración viene de la mano de Atrocious, banda proveniente de la ciudad de Tangerang y que no se debe confundir con la otra banda indonesia del mismo nombre y oriunda de Palembang. Este cuarteto se formó en 2012 y con Mental Disorder ya llegan a su segundo álbum, y describir su sonido es tan simple como pensar en cualquier banda de brutal death metal obsesionada con el gore, las entrañas, la sangre, las diferentes facetas de la crueldad humana y los logos casi ilegibles. ¿Suena conocido? Sí, la idea de la banda está muy, muy lejos de ser siquiera mínimamente innovadora u original. Claro que hablamos del brutal death metal, un género donde lo que se busca está en su propio nombre: la brutalidad por la brutalidad misma, y si uno puede ver a la banda en vivo y divertirse con algunas cervezas encima, entonces la banda está haciendo su trabajo.

Y dentro de todo, eso se puede sentir en Mental Disorder, donde Atrocious plasma todas las imágenes de aniquilación corporal que uno pueda llegar a imaginarse a lo largo de sus 27 minutos (NdA: Metal-Archives dice que la última canción tiene una pista oculta que lleva el álbum a la media hora, pero no está presente en la versión que tengo), con la atmósfera fétida y claustrofóbica como de morgue atestada de cadáveres que sólo este estilo puede generar. Cualquier fan del brutal death puede ponerse a escuchar este álbum por unos parlantes a todo volumen y dejar que este soundtrack de película snuff le dé lo que cualquiera busca al momento de buscar esta clase de música. No es para nada original y ya escuché muchas bandas que suenan como esto, pero hace su trabajo correctamente.

Pero hay algo ineludible que tengo que mencionar porque me viene molestando desde el primer momento que me puse a escuchar el álbum, y es la producción. Soy de la idea de que al tratarse de death metal, uno tiene que buscar el balance justo entre limpieza y suciedad al encarar cómo tiene que sonar una grabación. Obviamente esto varía de estilo en estilo, porque es complicado imaginarse bandas como Obscura, Dark Tranquillity o el viejo Opeth sonando como si estuvieran grabando en un baño, o que algo como Portal pueda traducirse correctamente a un sonido de alta definición. Si uno pule demasiado la grabación, puede terminar con un disco como Inked In Blood, aquel álbum de Obituary en el que la batería sonaba tan digital que bien podía ser un MIDI.

¿Y qué pasa cuando no se le presta suficiente atención al momento de producir y mezclar una grabación? Entonces queda un álbum como Mental Disorder, donde las guitarras muchas veces se pierden en un mar de distorsión y la batería termina tapada por ellas, muchas veces haciendo que el redoblante sea inaudible y el bombo quede solo. Desde ya que el bajo es imposible de escuchar, pero esa parece ser una muy mala costumbre de todo el género, así que no me sorprende que Atrocious también hayan caído en eso. Y mencionaba los parlantes anteriormente porque estas son cosas que se notan más en una escucha atenta a los detalles.

Desde ya que si no te importa cómo esté producida o mezclada este tipo de música y sólo quieras algo con blastbeats constantes y voces bien guturales, Mental Disorder lo hace más que bien. Es sólo que creo que se tendría que tener más cuidado al momento de presentar estas canciones, sobre todo en una época en la tecnología permite crear una calidad de sonido como nunca antes a un costo mucho más bajo que lo que podía ser a principios de los noventas, a lo que se agrega que ahora hay gente que sabe manejar este tipo de música. Pero si pasás por alto eso, este álbum puede saciar tu sed de death metal, aunque sea por media hora.