Defuntos – 2016 – A Eterna Dança da Morte

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Antes que nada, quería desearles a todos un muy feliz año súper atrasado. Sé que no publico tanto como antes, pero sepan que es por cuestiones personales y ese tipo de cosas que me dejan con poco tiempo para la escritura de reseñas, algo que espero solucionar en el corto plazo.

Dicho eso, pasemos al disco de hoy, uno que salió hace ya unos cuantos meses y del que tenía ganas de hablar desde poco después de su salida, pero que por mi falta de organización quedó más y más atrás en el tiempo. Pero justo ahora a principios de enero, cuando todavía no hay bandas importantes editando discos, es un buen momento para repasar lo que dejé en el tintero.

Hace tiempo que sé de la existencia de Defuntos. Me los crucé hace años durante una de mis tantas incursiones a través de Metal-Archives y yo, joven metalero impresionable, me quedé casi diría fascinado por este grupo, por una variedad de razones: la primera es que fuera un dúo de bajo y batería sin guitarra; la segunda, sus letras completamente en portugués; la tercera fue la estética del grupo, alejada de la temática de suicidio más propia del black depresivo y más cercana a la obsesión con los funerales y las fotos sepias de ritos funerarios de principio del siglo XX; y cuarta, que casi no hubiera información acerca de la banda o de sus miembros, el bajista Conde J. y el cantante y baterista Conde F.

Creo que todo eso alrededor del grupo era un poco más interesante que su música en sí, o al menos lo que lograba entender: la calidad abismal de sus canciones, como si la banda tocara en un mausoleo y se grabara con un micrófono de aire, puede sonar interesante en papel, pero no es algo que te logre atrapar en una buena cantidad de oídas. Pero incluso así, siempre tuve a Defuntos como un grupo destacable, aunque fuera por simple curiosidad alrededor del grupo, con trabajos interesantes como “A Negra Vastidão das Nossas Almas” y “Invocação aos Mortos”.

Hacía tiempo que no tenía noticias de la banda, con su último disco habiendo sido editado en 2012, y no hubiera sido descabellado pensar que se habían separado y que nadie se hubiera dado cuenta en el vacío de información que tiene el grupo a su alrededor, así que fue bastante impresionante cuando me encontré con este nuevo álbum. Al ver que todo en “A Eterna Dança da Morte”, como su tapa y su título, era de esperar de parte de Defuntos, lo agregué a mi lista de pendientes, y eventualmente tuve tiempo para prestarle atención.

Salté el primer track, que es una intro, y el segundo, al ver que arrancaba con unos segundos de silencio. Cuando arrancó “A Reza da Tristeza”, no lo pude creer, porque “A Eterna Dança da Morte” debe ser el trabajo con mejor sonido de la carrera de Defuntos: aunque no es súper limpio, todo suena cristalino comparado con sus otros álbumes. La batería no suena como un rejunte de cajas y tachos, sino que ahora suena orgánica, con un toque de reverb que va perfecto con sus ritmos lentos; y el bajo logra suplir la falta de guitarra llenando cada espacio con un sonido espectacular, con una suciedad que me recuerda a algunas bandas de sludge metal.

La música no tiene un gran cambio con respecto a discos anteriores: los ritmos lentos y lúgubres, las voces salidas de la cripta, la estética funeraria, todo está en el lugar correcto para satisfacer las necesidades mórbidas de los adeptos a esta banda. Se pueden notar algunas diferencias en que ahora las canciones sean más cortas, de 6 a 7 minutos, en comparación con las de discos anteriores, que solían pasar los 10 minutos. Además, hay un hilo conductor un poco más definido, algo que de nuevo se puede agradecer a la claridad del sonido.

Aunque ya no tenga esa oscuridad opaca, desoladora y críptica, ni el encanto ultra lo-fi que podía sentirse en sus trabajos anteriores, el nuevo opus de los lusitanos logra convertirse en el trabajo más interesante de su discografía, con una consistencia destacable. No es un trabajo donde se destaquen canciones ni tampoco es el “Black Album” de Defuntos, sino que es uno para disfrutar, o sufrir, de principio a fin.

Mephistofeles – 2016 -Whore

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Aunque las escenas nacionales del stoner y, en menor medida, del sludge, tienen una importancia considerable en el continente, no ocurre lo mismo con el estilo que dio origen a ambos: el doom metal, más específicamente el más tradicional. Más allá de grupos como los santafesinos Corpvs Christi, no hay muchas bandas en Argentina que hayan seguido el camino de los riffs sabbathicos y los ritmos lentos. Tal vez esto sea porque el doom no tuvo una banda nacional que lograra saltar las barreras del nicho, como si tuvo el stoner con Natas, pero uno podría decir lo mismo del sludge y aun así éste tiene una escena más grande.

Pero que no haya una escena muy grande no significa que no haya banda de calidad, y es así que desde Paraná, Entre Ríos, tenemos a Mephistofeles. Esta banda comenzó en el año 2013 como un proyecto unipersonal de Gabriel Ravera, quien se encargó de todos los instrumentos en el debut “Master Doom Split” (del que no sé si es en verdad un split), con dos canciones que mostraban tendencias más tiradas al drone y a la experimentación.

Ravera dejó el proyecto en pausa durante un tiempo, hasta que decidió sumar al baterista
Iván Sacharczuk y al bajista Ismael Dimenza, con los que mutó la fórmula de la banda en lo que podemos escuchar a lo largo de las siete canciones y 34 minutos de “Whore”, su álbum debut: una combinación de doom con stoner de riffs valvulares, calidad de sonido relativamente lo-fi y una estética más setentosa que los setentas mismos.

Esta combinación no es para nada nueva, y a lo largo del álbum se nota a simple vista que la máxima inspiración del trío se halla en el condado inglés de Dorset, en el humo de marihuana que rodea a Electric Wizard. Las guitarras que concentran el peso del universo en sus riffs, la atmósfera psicotrópica, las voces que suenan a mitad de camino entre Jus Oborn y Kevin Starrs de Uncle Acid and the Deadbeats, todo recuerda de alguna manera u otra a los ingleses.

Esto nos lleva a plantearnos una pregunta: ¿en qué momento la inspiración se convierte en plagio? La línea es difusa, pero en el caso de Electric Wizard ellos mismos han sido definidos en algún momento u otro como una copia de Black Sabbath, y personalmente creo que la “copia” se puede pasar por alto mientras el grupo sepa dar buenos resultados, y Mephistofeles logran ese objetivo: desde el inicio con “Black Sunday” hasta el final con “Cursed To Death”, los paranaenses sumergen al oyente en su universo de drogas, ocultismo, prostitutas adictas y películas de terror de bajo presupuesto, logrando el disco que su misma máxima inspiración se olvidó de cómo componer hace tiempo.

Aunque se lleven “originalidad” a marzo, siempre es bueno tener cerca a un grupo como Mephistofeles. Personalmente me gustaría que lograran encontrar su propio sonido, pero por ahora no están mal como banda sonora de la vida de alguien que piense que los setentas jamás deberían haber terminado.

Candlemass – 2016 – Death Thy Lover EP

 

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“Death Thy Lover” llega en un momento bastante particular en la carrera de estos legendarios doommetaleros suecos: tanto “Psalms for the Dead”, su LP editado en 2012, como la gira presentación que le siguió se habían promocionado como la despedida de Candlemass tanto de los escenarios como de los estudios, y aun así, cuatro años después, la banda sigue girando, incluso tocando por primera vez en Argentina este último 19 de abril. Que la gira la hagan sin Leif Edling, bajista y único miembro fundador del grupo, quien no puede tocar en vivo por consejo médico, y con un cantante, el sueco Mats Levén, que hasta este EP no había grabado con Candlemass, sólo le agrega otra capa de extrañeza al presente del grupo.

Yendo al trabajo en si, “Death Thy Lover” viene a celebrar el 30° aniversario de “Epicus Doomicus Metallicus”, el debut de Candlemass editado en 1986. A lo largo de cuatro canciones, incluyendo un instrumental, y 25 minutos de duración, tenemos un material que va a satisfacer las ansias de nuevas canciones de los fans del combo sueco, que hacía cuatro años que no editaban nuevo material.

No hay mucho que decir acerca del contenido este EP: si estás familiarizado con los discos anteriores de Candlemass, entonces ya sabés lo que este contiene. La oscuridad melódica, los riffs sabbathicos, las letras de fantasía, todo aquello que terminó siendo la piedra angular del “doom metal épico”, aquel que mezcla los riffs del Black Sabbath de Ozzy con un estilo vocal operático y melódico, y el estilo del que estos suecos se pueden decir padres.

Claro que llega un punto en que, tras varias escuchas, uno termina sintiendo que el quinteto sacó este material de taquito, como si hubieran visto el calendario y se hubieran dado cuenta que el aniversario del debut se venía y que era buena idea sacar algo por esa fecha. ¿Eso significa que “Death Thy Lover” es un mal disco? Nada más lejos de eso: Candlemass componiendo en piloto automático sigue siendo Candlemass. Aunque hay algunos puntos que no terminan de cerrar, como la melodía en el estribillo de “Death Thy Lover” (el tema título), que es un tanto melosa para mi gusto, y la tarea del hombre frente al micrófono: Mats Levén está lejos de ser el mejor cantante que haya tenido Candlemass, que siempre es una competencia complicada en un grupo que ya vio pasar a otros cinco cantantes por sus filas, y lo siento un tanto parco en ciertos momentos, como si buscara aprobar más que destacarse. Podría decirse que no es lo suficientemente melodramático para una banda que ha tenido a un tipo vestido de monje cantando.

“Death Thy Lover”, con puntos a favor y en contra, es un buen EP. Nada especial, pero incluso así sigue siendo un álbum por encima de la mayoría, más allá de que estemos hablando de un grupo acostumbrado a más. ¿Será esta la verdadera despedida de Candlemass? Francamente no sabría decirles, así que disfrutemos de lo que tenemos por este momento.

Church of Misery – 2016 – And Then There Were None…

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Church of Misery es una banda que siempre tendrá un lugar reservado en este espacio, no por nada una de sus canciones, proveniente del álbum “The Second Coming” de 2004, le dio nombre al blog. Su combinación de doom metal setentoso y elementos más ruidosos y extremos les permitió formarse un sonido propio en una escena sobrecargada de propuestas poco inspiradas.

Como dijimos cuando repasamos ese mismo álbum, los cambios de formación han sido una constante en la carrera del grupo, con miembros yendo y viniendo a lo largo de los años, y con algunos, como los vocalistas Yoshiaki Negishi y Hideki Fukasawa, reingresando a la banda. Esta es una de las razones más importantes para los espacios de tiempo tan largos entre cada álbum. En 2014, Fukasawa, el guitarrista Ikuma Kawabe y el baterista Junji Narita (que hacía catorce años que ocupaba el puesto) abandonaron Church of Misery, dejando al bajista Tatsu Mikami, único miembro constante en la historia del grupo, totalmente solo.

Sin inmutarse, Mikami decidió darle una vuelta de tuerca a la formación que grabaría el nuevo álbum de su banda, y es así que “And Then There Were None…” (título que referencia tanto a la novela de Agatha Christie, conocida en el mundo hispanohablante como “Diez Negritos”, como a la canción que se convierte en un punto central en ella) es el primer álbum de Church of Misery con una formación totalmente estadounidense acompañando a Mikami, y una con un muy buen currículum detrás: en las voces tenemos a Scott Carlson, cantante y bajista de los pioneros del grindcore Repulsion y quien estuviera con los ingleses Cathedral, y un ejemplo más de la preferencia de Mikami por los vocalistas extremos; en la guitarra está Dave Szulkin, miembro de los amantes del horror Blood Farmers; y en la batería se sienta Eric Little, de la banda de doom metal Earthride.

Yendo al disco en sí, a primera oída no se sienten grandes diferencias con respecto a trabajos anteriores, más allá de que ahora las letras sobre asesinos, una firma del grupo, sean mayormente inteligibles y un audio inusualmente limpio para los estándares de la banda. Más allá de esas dos características, las canciones se pueden escuchar como una perfecta continuación de lo que la banda viene haciendo desde su misma creación, algo que más de uno interpretará como “falta de ideas” pero que personalmente no me parece algo negativo cuando el talento compositivo está presente. Este es el caso de “And Then There Were None…”, donde los siete tracks (seis canciones y el interludio “Suicide Journey”) se sostienen más que bien usando los elementos tradicionales que hacen al género: riffs lentos y bluseros, un bajo pesado y distorsionado, y una batería que sepa llevar el ritmo. Lamentablemente, la batería de Eric Little es el mayor cuestionamiento que se le puede hacer al álbum: aunque suena competente (y hasta con grandes momentos, como en la introducción de “River Demon”), por momentos le falta la fuerza necesaria para este tipo de música, ya sea por un tema de producción o por la misma performance de Little. Sin embargo, el resto de la banda hace su trabajo más que bien, con las voces de Scott Carlson pudriéndola con todo, la guitarra de Szulkin canalizando a su Tony Iommi interno en los riffs y en los solos, y con el bajo de Mikami compensando la falta de fuerza de la batería con una gran base. Hasta se dan el lujo de algún que otro homenaje, como la introducción de bombo del tema título que recuerda a “Iron Man” de Black Sabbath, aunque por suerte mantengan este aspecto en su mínimo y tolerable.

Más allá de las críticas que se le pueden hacer, “And Then There Were None…” es un buen trabajo. Está lejos de ser el trabajo más inspirado de esta banda ¿japonesa?, pero cumple más que bien con sus historias de asesinatos y sus buenas canciones, convirtiéndose en una buena continuación de su discografía. No hay muchas chances de que esta formación termine siendo la definitiva de Church of Misery, debido al trabajo simultáneo de sus miembros en otras bandas y el historial inestable del grupo, pero por lo menos dejó un álbum donde los elementos dieron una química destacable.

Skepticism – 2015 – Ordeal

Bandas como Skepticism hacen que uno se replantee el verdadero significado del concepto de “banda chica”. Porque a pesar de que no sea un grupo que en un futuro cercano llegue a llenar estadios y que sus videos tengan cientos de millones de reproducciones en Youtube, estos finlandeses pueden considerarse gigantes dentro de ese nicho conocido como funeral doom metal, ese subsubsubgénero del que el grupo es uno de los mayores representantes desde que se formaran allá por 1991. Junto a los también finlandeses Thergothon, Skepticism llevaron la lentitud de los riffs del doom metal y las atmósferas oscuras y melancólicas a un nuevo extremo, no por nada el género tiene la palabra “funeral” en su nombre. Pero mientras Thergothon sólo llegaron a un único disco cuando el grupo ya estaba separado (“Streams From The Heavens”, de 1994), Skepticism lograron permanecer en el tiempo, lanzando clásicos del género como “Stormcrowfleet” (1995) y “Lead and Leather” (1998).

En su momento, los álbumes en vivo y las grabaciones de conciertos eran algo verdaderamente importante en la historia de una banda, ya que le daban la posibilidad a mucha gente que nunca hubiera tenido la posibilidad de ir a un recital de ver cómo era su grupo favorito arriba del escenario, en una época en la que las giras no eran tan extensas, la transmisión en directo de recitales era para pocos y la Internet sólo era un sueño. Pero en estos días, con el advenimiento de la “red de redes” y las descargas masivas, grabar álbumes ya no está ni cerca de ser tan lucrativo como antes, y muchos grupos más o menos importantes prefieren dejar pasar más tiempo entre disco y disco con tal de enfocarse en las actuaciones en vivo y las giras a través de los cinco continentes, que permiten obtener ganancias de manera más directa y segura, y editar grabaciones en vivo, para matar dos pájaros de un tiro. Eventualmente, la práctica indiscriminada de este recurso entre grupos muy grandes (cof cof Iron Maiden cof cof) ha rebajado el valor del disco en vivo en la mente de muchos. Sin embargo, de vez en cuando el anuncio de la edición de un álbum en vivo puede llegar a despertar ciertas expectativas, en especial entre fans de bandas más chicas, o si hay un elemento verdaderamente interesante. Este es el caso de Skepticism.

A siete años de su último incursión de estudio, Skepticism traen un nuevo trabajo, el flamante disco en vivo “Ordeal”. Grabado durante un recital que la banda dio el 24 de enero de 2015 en la ciudad finlandesa de Turku, “Ordeal” es el primer disco en vivo de la banda, y el trabajo donde el grupo presentó al guitarrista Timo Sitomaniemi, el primer cambio de formación en 20 años. Pero lo que de verdad llama la atención acerca de este disco, y lo que lo hace destacarse por sobre la marea de material en vivo que tenemos cada año, es que casi todas las canciones son material inédito. Exacto, exceptuando “Pouring” (extraída de “Stormcrowfleet”) y “The March and The Stream” (incluida originalmente en el EP de 1997 “Ethere” y regrabada para su inclusión en “Lead and Leather”), las otras seis canciones son totalmente nuevas, además de que todas estas están al principio del recital, todas seguidas. Es todo un desafío plantearse estrenar canciones en un disco en vivo, porque uno tiene que estar seguro de que el material sea lo suficientemente bueno para que le agrade a su público, y además… bueno, vamos a ponerlo simple: el funeral doom metal no es un género que uno de verdad piense que se preste para las presentaciones en vivo. Es un género de canciones muy largas, muy lentas, muy deprimentes y sin ninguna instancia que invite al pogo ni nada que se le parezca.

Todos estos factores en contra definitivamente hacen que el resultado de “Ordeal” sea todavía más positivo. Hablamos de un disco que espero que esté en varias listas de “lo mejor del año”, porque es toda una muestra de poder en vivo. Skepticism logran trasladar la atmósfera lúgubre y opaca de sus canciones a la presentación en vivo y la replican de manera perfecta, ayudados por un sonido espectacular que hace que no te sientas como si estuvieras entre el público mirando a la banda, sino en medio del grupo cuando están tocando estas marchas funerarias. Es más, “Ordeal” bien podría considerarse un disco de estudio si no fuera por alguna que otra instancia donde puede escucharse al público.

Todos los músicos tienen grandes actuaciones. Los guitarristas Jani Kekarainen y Timo Sitomaiemi desgranan estos riffs lentísimos mientras el baterista Lasse Pelkonen y el tecladista Eero Pöyri, este último ya sea acompañando a las guitarras o creando atmósferas de teclados, nos hacen olvidar completamente de la falta de bajo. Y el vocalista Matti Tilaeus suena como un demonio, o un muerto que acaba de salir de su tumba, y es tal cual tiene que sonar.

Las canciones nuevas son material típico de Skepticism, nada super original pero una gran adición a su catálogo. Aunque todas son super recomendables si te gusta el estilo, “March Incomplete” trae uno de los mejores momentos del álbum, con un gran solo de guitarra que comienza poco antes de llegar a la marca de 5 minutos y 30 segundos.

Como se habrán dado cuenta, mi opinión sobre este disco es súper positiva, pero no es para menos: si un disco que extiende 8 canciones a lo largo de casi 78 minutos logra mantener mi atención durante toda su duración, es que de verdad hay algo en él que es digno de explorar.